Shantaram

Promover la lectura, es una invitación a compartir la vida misma. Sostengo que la lectura es el reflejo de escuchar en el dialogo cotidiano y todo quien escribe expresa su sentir, sus ideas o sus instintos en las letras, claro que hay gigantescas anomalías, escritores consagrados que logran llevar sus narraciones a un lugar totalmente diferente a lo vivido. Eso es lo mágico de quien presume vivir de las letras.

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Yo, soy un simple aficionado y los invito a mi espacio y tiempo personal, a mi vida y a mis libros leídos. Lo he hecho desde que me enamore de las novelas, de las historias y de las crónicas; a amigos y familiares hasta desconocidos y conocidos espontáneos. Mi esposa no es la excepción y le ha tocado compartir mi ingenuidad vertiginosa de llevarla al mundo de la lectura, así hemos pasado por libros que no eran muy recomendables para un principiante o por temas que simple y sencillamente no teníamos en común o por libros con un calibre suficiente para generar hernias lumbares. Uno de esos fue “Shantaram” de Gregory David Robert, un australiano que nos cuenta su propia vida. Una vida caótica, apasionada y llena de amor. Estando en prisión soporto que rompieran sus manuscritos en tres ocasiones. Huyo de su país natal dejando a su familia para escapar de la cárcel, cruzando a otro continente hasta llegar a los maltrechos y empobrecidos suburbios marginados de Bombay en la India. Narra de manera muy personal todas sus experiencias a lujo de detalle, sus encuentros con la miseria citadina, la cúpula de la mafia hindú y sus amistades íntimas. Es irónico como vuelve a estar encarcelado y al ser torturado encuentra su verdadera libertad, tan deseada y anhelada que, menciona él, jamás volvería a soltar, a un costo enorme.

 Con ese libro me di cuenta como terminaba gozando más los textos extensos; acababa por involucrarme en la vida de los personajes como Didier, Abdullah o Prabaker. Personajes en serio muy humanamente bellos. Tanto que decidimos nombrar a nuestra mascota como uno de ellos: Prabu, diminutivo de Prabaker, un hindú cálido, amistoso y leal. Tal como lo fue nuestro chihuahua. Valientes y osados; dicen que cuando tomas el nombre de alguien en honor a una persona, sus cualidades y sus destinos son muy similares, tal vez sí. Prabaker es descrito con una gran alegría, cuando se va, es una de las partes más dramáticas y conmovedoras de la trama. El protagonista nos regala una sentencia bellísima, real y cruda: quizá lo que más duele de las partidas es que nos quedamos con el corazón lleno de amor sin poder entregarlo. Gracias Prabu, nuestro Prabito, aun tengo amor que darte, guardo la creencia de volver a verte y entregarte lo que es tuyo: Amor.

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