Las armas secretas

129010691_04d4c7fdeaAl salir del consultorio de la terapeuta sentía que mi cabeza estaba en otro mundo. Casi podía sentir que diminutas bolitas revotaban en mi interior chocando unas con otras o con las paredes que limitan mi cuerpo, subí al coche y en lugar de escuchar las letras profundas de Enrique Bunbury, sintonicé una estación al azar… una guitarra melodiosa, a lado de una batería que parecía estaba loca de remate junto con un alegre sonido de bajo atrapo mi “rebotante” atención.

Era música Jazz, de un programa de radio que en esa hora adentraba a ese mundo fantástico. La canción estaba larguísima, emotiva y fantástica. Al terminar, cuando escuchaba al locutor describir a los intérpretes, vino a mi mente la figura de Johnny Carter, personaje de un cuento de Julio Cortázar. Sin pérdida de tiempo, el cuento va directo a la acción. La vida caótica de este talentoso personaje es puesta al descubierto por los protagonistas de la obra. Un saxofonista que describe su particular forma de ver el mundo, su magia con la música y su pasión por la narcoadicción. El final es letal. Como cada cuento que he tenido la oportunidad de leer de Cortázar, es sumamente creativo. Reconozco que no fácilmente lo comprendo pero eso es algo que también me atrapa de sus letras, es como si algo dentro de mí me exigiera que esté atento a cada punto y coma, pues en cualquier punto puede estar la emoción. El cuento forma parte de un libro titulado “Las armas secretas”, acompañado de cuatro historias más. Mi ejemplar, es un pequeño encuadernado de hojas amarillentas con una imagen de una persona que sopla atreves de un saxofón; pienso que muchas veces las características físicas del mismo libro se entrelazan en la historia y generan algo en el lector.

En una parte del cuento, el personaje viaja atreves de un tren. Describe sus ideas, de una manera en que conjuga el tiempo y espacio del viaje con su imaginación. Mi impresión de esa lectura quedo nítida en mi memoria, era como si estuviera describiendo mis sensaciones al dejar el consultorio terapéutico. Claro que no era así, pero me comunique con un loco personaje de la literatura atreves de la música, el tiempo y la memoria… ¿qué loco, no? Lo que llega a propiciar la lectura…

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