El noveno hombre

Ser un espectador no es garantía de seguridad. Recuerdo que en mi infancia, Julio, mi primo, gustaba mucho de ir a las llamadas “maquinitas”, luego se les llamarían Arcadias a los videojuegos montados en modulares con botones, pantallas y palancas. Me la pasaba observando, como otros avanzaban o vencían los retos virtuales. Adolecentes, “videogames” y cigarrillos era de lo más común. Un chico accidentalmente quemo mis dedos con una viruta encendida de su cigarro… se armo la trifulca…

8606252599_9a34114e99_oLlegamos a casa de mi abuela, mi primo y yo; con mi dedo chamuscado y él riéndose, entre presumiendo o delatándome ante mi madre y mi abuela. Mamá salto de su silla y mi abuela reprendió a mi primo por llevarme a esos “lugares de perdición”. La verdad es que yo fui el que me cole, me gustaba ir a verlo jugar y él solo marco territorio y me protegió ante los chicos del barrio, pero para eso se tenía que llegar a algunos golpes, gritos y/o empujones. Desde entonces todos sabían que yo era su primo y eso me genero ciertos privilegios. Yo era un niño sobreprotegido ante adolescentes que aprendían de la calle lo que ésta les enseñaba. Dos culturas muy diferentes cada una con su propio valor, humanismo y código. Me parece curioso, mi gusto por observar. En otro tiempo y espacio, recuerdo cuando fui a la biblioteca del colegio y me la pase sentado observando a los de preparatoria leer en silencio. Acá, no era el olor del cigarro o los colores luminosos de las pantallas ni la adrenalina de estar rodeado de chavos mucho mayores que yo lo que llamaba mi la atención, casi todo lo contrario, la quietud, el silencio y la privacidad en esa sala fue lo que me cautivo. Un franciscano, que eran los que administraban ese colegio me preguntó que si quería un libro para leer, le mentí diciendo que sí, para que no me corriera de ese lugar. Me llevo a una caja y me dijo que esos libros los regalarían al día siguiente, que tomara uno y me lo quedara. De esa forma ya tendría algo que leer. Lo acepte. Los títulos decían mucho y nada. Como las conversaciones en un antro, al final ni se entiende nada; o como las miradas en una biblioteca, que no articulan palabra alguna pero que dicen mucho. Tome un libro al azar y lo leí muchos años después, muchos. Se le estaba desprendiendo la pasta y en un cajón de herramienta de mi papá encontré algo que yo pensé era pegamento blanco y se lo unte. Hoy, sigue la pasta desprendida con una enorme mancha de no sé qué cosa. Se titula “El noveno hombre” de John Lee. No he encontrado algo más ni del libro ni del autor. La novela podría llamarla de suspenso y espionaje, donde un grupo de nazis son enviados a la Casa Blanca para asesinar al presidente. La verdad es que tal vez, si me hubiera animado a leer el libro o si no lo hubiera manchado de esa cosa que le unte, lo hubiera disfrutado bastante. Es emocionante, inteligente y cadencioso. Parece ser que se intento sacar la película de la trama, pero no sé si esto se llevo a cabo, me gustaría verla.

Definitivamente, observar no es un verbo seguro, si no preguntenmelo a mí, pero si ya que existe un riesgo, bien valdría la pena tomar algunos mas y adentrarme un poco a la acción, al protagonismo, tal vez, descubra que también me gusta observarme poniendo “manos a la obra”.

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